¿Y si los niños quieren ser princesas?


Caiden es un niño de Virginia (EEUU) que adora Frozen. Así que este año ha pedido que su disfraz de Halloween sea de esta película de Disney. En concreto, el vestido de la princesa Elsa. Su foto ha llamado la atención en redes sociales, tras ser compartida de forma pública en Facebook por su padre, Paul Henson, en un alegato por la normalización de los niños que también quieren jugar a ser princesas.

“Cualquiera que nos conozca sabe que normalmente dejamos que Caiden tome, hasta cierto punto, sus propias decisiones. Bueno, pues ha tomado una sobre el disfraz de Halloween. Quiere ser Elsa. Y quiere además que yo sea Anna. ¡Que siga el juego! Que otros se queden con las mierdas masculinas y los disfraces infantiles insinuantes. Halloween consiste en niños jugando a ser sus personajes favoritos. Es lo que hay, así que esta semana él es una princesa”

“No creí estar haciendo nada extraordinario”, ha contado este padre a Buzzfeed. Pero aunque su gesto no es el único -cada vez son más padres los que cuentan públicamente casos similares que terminan siendo virales – son anécdotas que sirven a muchos para reivindicar una educación que no esté marcada por los roles de género tradicionales.

“Soy un niño princesa, me encantan los colores rosa y rojo. Soy una princesa en el castillo”, decía Dyson en 2009, cuando tenía cinco años. My princess boy (Mi niño princesa) fue el título que eligió su madre para plasmar en un cuento infantil cómo su familia hizo frente a los gustos del pequeño, cuando también les dijo que por Halloween quería ser una princesa. “Mi primera reacción fue intentar reorientarle… jugar con camiones, leer ciertos libros (…). Mi hijo mayor me dijo: ‘Mamá, ¿por qué no simplemente le dejas ser feliz?’ Y fue cuando me di cuenta de que el problema lo tenía yo”, contó entonces su madre, Cheryl Kilodavis, convertida desde entonces en promotora de una educación alejada de roles de género. Seis años después, sigue difudiendo su caso en un intento orientar a otros padres en situación similar:

Hay otros libros en la misma línea. 10.000 vestidos (sobre un niño que sueña con vestidos pero que siente el rechazo social a hablar de ello cuando está despierto), Jacob’s new dress (el protagonista quiere vestirse de princesa para ir al colegio). En español, hay libros como La mitad de Juan, sobre un chaval harto de que todo el mundo le diga que no debe hacer cosas de niñas, entre otros títulos que aparecen mencionados en Los mundos posibles: Un estudio sobre la literatura LGBTTI para niñxs (libro completo en este link de Google Books), de la investigadora y escritora argentina Gabriela Larralde.

Recibir cientos de mensajes suele ser la tónica general de estos padres que dan un paso al frente y se convierten en casos mediáticos. Basta echar un ojo al perfil de Paul HensonSimilar a lo que le ocurrió a Kilodavis en 2009: “Si no me he arrepentido creo que, en parte, es por todos los mensajes que recibo de todo el país y de otros países también, en los que me dicen ‘Estoy tan contento de no estar solo'”. En un evento de charlas TED, esta madre reivindicó que “es necesario aceptar que la imagen masculina está cambiando”.

Mi hijo princesa fue también el título elegido por la bloguera y diseñadora gráfica mexicana Debbie Chamlati para el post en el que cuenta la decisión de una madre de aceptar que su hijo le pidiera, el pasado Halloween, un disfraz de la princesa Anna de Frozen. El texto, reposteado en la revista digital de una conocida periodista mexicana, ha generado más de 21.000 interacciones en Facebook, aunque en este caso es un relato de un caso ajeno y no un testimonio en primera persona. “En todos mis artículos descubro mis sentimientos y pensamientos entrando en personajes reales, no ficticios”, explica en un email a Verne.

En los comentarios al post en Facebook se generó un debate entre quienes aplaudía y quienes censuraban su decisión. “Muchos dicen en sus comentarios, ‘debiste haberle explicado mejor, con más claridad, que los niños se visten de niños y las niñas de niñas, punto’. Si supieran que psicológicamente un niño a esta edad no entiende nada de esto. Son cuestiones de adultos. Estereotipos, egos, inseguridades. ‘Jorge’ no es un niño que vaya a la escuela vestido ‘de niña’. Es, como otros de su mismo sexo, un navegante de la vida”, señala.

Ni el rosa ha sido siempre el color de las niñas (de hecho, era el de los niños) ni a todos los niños les gusta jugar con los juguetes asignados socialmente a su género ni vestirse de una manera determinada. El artículo que publicamos en Verne en navidades sobre el caso de la juguetería española Toy Planet que apostó por crear un catálogo de juguetes no sexista ha sido compartido más de 121.000 veces.

En la misma línea, el pasado agosto se popularizó en redes sociales el vídeo de un padre que contaba que le acaba su hijo acababa de escoger como regalo en una tienda a una sirenita y animaba a otros a preguntarse cómo se sentirían si sus hijos varones eligieran un juguete asociado tradicionalmente a niñas.

Este otro post, Mi hijo se pone vestidos y a mí me parece bien, publicado en El Huffington Post el año pasado, un padre narraba la reacción de algunos adultos cuando ven a su hijo con vestidos: “Fuimos a la fiesta y, como me imaginaba, algunas personas se rieron e hicieron comentarios. Alguien me dijo: “¿Te parece divertido? Hay niños aquí. ¿Quieres que lo vean?” Otro preguntó: “¿Es que quieres que sea gay?”. Y añadía: “Si mi hijo es gay, pues vale. Quizás es. O quizá no. Quizá va a ser travesti. O quizá no. Pero yo no tengo control sobre ello. Lo único que puedo hacer es apoyarlo”.

Mi hijo princesa

DEBBIE

Todo empezó un viernes, después de ver la película Frozen por quinta vez, cuando mi hijo de 2 años y medio volteó y me dijo: “Mamá, quiero el vestido de Ana”. Supuse que estaba confundido. “Mi amor, tú quieres el traje de Kristoff, no el vestido.” Enojado contestó en su imperfecto español “no mamá, quiero el de la princesa Ana de Frozen”. Al instante y sin titubear caí en la típica respuesta, “No se puede, tú eres hombre, Jorgito, los vestidos de princesas son para las mujeres”.

Los días pasaban y la petición era la misma. Aumentaba la frustración cada vez que veía una niña disfrazada de princesa y admiraba el vestido como si fuera mágico. Volteaba a verme en seguida con su cabecita estirada hacia arriba y suplicaba, “¿Cuándo me vas a comprar el mío?”. Ninguna explicación era suficiente para hacerlo entender que la sociedad no acepta niños vestidos de niñas. Ya no habían excusas para que seguir ignorando su deseo. Mi niño me pedía a gritos que lo escuchara.

Ante tanta insistencia tuve que aceptar que a mi hijo le gusta disfrazarse de princesa. ¿Está bien?, me pregunto, no lo sé, no tengo la menor idea. Claro que ni mi esposo ni yo no esperábamos esto, pensamos que siempre iría tras Mickey Mouse, los Súper Héroes, Coches y Luchadores. Pero no, a él le gusta Frozen, Sofía, y las múltiples bellezas de Disney que ofrecen un mundo de alternativas en vestidos y accesorios espectaculares. Finalmente, como mamá me vi frente a dos opciones, aceptar a mi hijo o frustrarlo y alejarlo. Decidí aceptarlo.

A los tres años hay muchas cosas que no quedan claras en la vida de un niño. Pero esa es la delicia de la infancia. Los sexos están inconclusos en sus mentes. No ven el rosa para la niña ni el azul para el niño. Ven la ropa como ropa, sin definir todo un estilo de vida. Definitivamente, una de las sonrisas más grandes y deliciosas que he visto en su cara es la que le surgió el día que le compré su primer vestido. Se lo puse en la calle, afuera de la tienda, porque su emoción ya no aguantaba esperar a llegar a la casa. “Mami, ya pónmelo, porfis. Wowww, ya tengo mi vestido. Soy Frozen”. Estaba realizado, impactado, agradecido, extasiado. Era un niño feliz. Yo había hecho a mi hijo, inmensamente feliz.

En ese momento me di cuenta que su felicidad me estaba provocando A MÍ, una felicidad mayor a la que algún día me imaginé sentir. Y ese sentimiento fue un susurro en mi oreja que decía claramente “hiciste lo correcto”. A partir de ese instante nació entre él y yo una complicidad inmensa. Su mente no sabía descifrar lo que sentía, pero inconscientemente habían mensajes revolucionados diciendo “mamá me acepta”, “mamá me quiere”, “mamá me hace feliz”.

¿Qué dirá la gente si lo ve vestido así? No sé. Claro que a muchos les irritará. Algunos se burlarán de un niño de tres años y criticarán a esta mamá “loca”, “desconsiderada”. Pero desde el momento en que me uní a él en este proyecto de respeto a su forma de ser, a su personalidad, quedé blindada frente a todos esos pensamientos y miradas. Algo dentro de mi maduró y se convirtió en un escudo para mi hijo. Yo no sé si el mundo lo acepte o no, yo siempre lo apoyaré en ser quien él quiera ser. En expresarse como él quiera hacerlo.

A veces me imagino todo lo que pasaría si yo lo reprimiera. Lo mucho que se alejaría de mí desde esta pequeñísima edad. Lo claro que le quedaría que su mamá no lo acepta. Que no está de acuerdo con él, con el hijo que ella trajo al mundo. Se sentiría solo, incomprendido y muy enojado. No porque no tenga una buena vida. No porque le falte comida o educación. Nada de eso. Se sentiría frustrado porque su mamá no lo deja vivir libremente. Porque su mamá no lo quiere.

Que si va a ser gay, no lo sé. Pero tengo muy claro que sea lo que sea, heterosexual, bisexual u homosexual, no será por la ropa que escoja ponerse hoy. No tendrá nada que ver con las princesas que mezcla con sus bloques de construcción tratando de formar castillos enormes y divertidos. Sé que yo no estoy involucrada en el futuro de la carretera sexual de mi hijo. Eso viene de nacimiento y lo irá descubriendo conforme crezca. Conforme su cuerpo madure en todos los sentidos. Lo irá descubriendo él solo, y me lo irá compartiendo en el camino.

Definitivamente, si mi hijo mañana termina siendo homosexual, siempre tendrá a su madre cerca. Yo no di a luz a un hijo para que sea lo que yo quiero que sea. Esta persona que creció en mi vientre fue creado con amor desde el día uno de su concepción. Esta persona es libre. Y dentro de esa libertad, siempre tendrá a su mamá caminando junto a él para apoyarlo, levantarlo si se cae, ayudarlo si lo necesita. Nunca, por ninguna decisión que tomara en la vida, lo dejaría solo. Ni por religión, carrera, orientación sexual, pareja o lo que sea.

Hace un año que se puso ese vestido turquesa y brilloso por primera vez… Esa vez que sonrió con la cara llena de diamantina, me abrazó tan fuerte que sentí sus bracitos tocar mi corazón, y me dijo “gracias mami”. Se me salió una lágrima. Una o dos, no recuerdo bien. ¿Por qué? Porque sabía que a partir de ese día, si por alguna terrible razón de la vida, Dios decidiera quitarme a mi chiquito, yo estaría satisfecha de haber hecho TODO para verlo inmensamente feliz. Me sentiría completa de haberle dado una infancia llena de alegría, magia, fantasía, atención, vibración y mucho amor. Una corta vida de fiesta. ¿Quién no quisiera darle a sus hijos algo así? ¿Qué no es esa la verdadera definición de ser mamá?

*Texto original en elblogdedebbie | Cortesía Debbie Chamlati

Fuente: http://verne.elpais.com

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