Doné mis óvulos para viajar por el mundo


Este artículo fue escrito originalmente por Randi D. para xoJane.

Atravesé el umbral hacia una sala de operaciones donde el frío congelaba con nada más que una bata y calcetas de hospital. No había vuelta atrás. Sentí un poco de nervios al estar rodeada de desconocidos quienes pronto me harían el procedimiento.

Recuerdo estar sentada en un cine en el Upper West Side de Manhattan en algún momento de mis 20s tempranos, esperando que una película comenzara. Ahí estaban los avisos publicitarios en la pantalla, algo que normalmente ignoraba, pero uno llamó mi atención;

“¿Has considerado convertirte en donante de óvulos?”

Había escuchado esto antes pero sabía muy poco de ello. Parecía extraño el pensar que mis hijos estarían en alguna parte del mundo y que yo no tendría absolutamente nada que ver con ellos. La película comenzó y no seguí pensando en ello.

Doné mis óvulos para viajar por el mundo

Adelantémonos a un par de años después, justo cuando volvía a vivir a la ciudad de Nueva York después de haber vivido dos años en Texas. Estaba a la búsqueda de un nuevo empleo ya que ser una trabajadora temporal no estaba pagando las cuentas. Comencé a pensar en formas alternativas de hacer dinero y la idea de donar óvulos volvió a mí. Ya no me parecía una idea tan loca. Después de todo, ¿no están todos los seres en la tierra y el universo conectados de algún modo?

Estaría donando una sola célula, mucho más pequeña que mi uña, y haría la vida de alguien mucho más feliz. De repente me hizo mucho sentido por lo que decidí informarme sobre el proceso, postular, y donar.

Cuando tomé la decisión de viajar por un largo tiempo, decidí donar óvulos nuevamente para poder irme en unos meses en vez de en un año.

Mi primera donación

Cuando decidí postular para convertirme en una donante de óvulos no tenía idea de lo que involucraba.Investigué mucho, leí varios artículos escritos por mujeres que habían donado, e intenté aprender todo lo que podía antes de postular. Luego de descubrir unas pocas historias de horror en Internet, fue mi prioridad el encontrar un lugar de excelente reputación y que pareciera preocuparse tanto de los donantes como de las receptoras. Encontré uno de renombre y reputación y yo cumplía con las características para donar: mujer, entre las edades de 21 y 33 años, y capaz de movilizarme hacia el centro diariamente durante las 2 a 3 semanas del ciclo de donación.

El primer paso es la postulación en línea. Un formulario con preguntas básicas de edad, altura, peso, raza, origen étnico, ocupación, e historial médico básico. Recuerdo haber llenado la forma y preguntarme después si sería demasiado gorda, vieja, o normal para ser aceptada. ¿Buscarían las mujeres receptoras a alguien extremadamente joven, con un aspecto de modelo? Para mi sorpresa, cerca de un mes más tarde recibí un correo electrónico donde se me pedía acercarme al centro para una prueba preliminar la cual incluía una toma de sangre y una prueba sicológica.

Doné mis óvulos para viajar por el mundo

Las oficinas eran lindas y modernas, y el personal era profesional y amigable. La muestra de sangre fue tomada con muy poco dolor, la verdad. Y llenaron varios frascos para el análisis inicial. Las pruebas sicológicas de elección múltiple eran muy largas y tediosas, cerca de 200 preguntas de verdadero y falso que al parecer intentaban determinar si yo escuchaba voces, tenía problemas de rabia o autoestima, si era emocionalmente estable, y probablemente muchas otras cosas más que no podía descifrar. Para cuando había terminado, estaba aliviada pero a la vez me encontraba cuestionando mi salud mental.

Pasaron algunas semanas y me llamaron para pedir que fuera a la siguiente ronda de pruebas. Esa cita incluía una reunión en la cual se me haría una asesoría genética y me vería un sicólogo, seguido de una revisión médica más profunda. Tomaron más muestras de sangre, esta vez para analizarla en caso de cualquier enfermedad o desorden imaginable que pudiese aparecer en pruebas. A pesar de que siempre he tenido una excelente salud, aún así fue un poco estresante el pensar en la posibilidad de descubrir que tenía en mí un gen de un desorden genético o una enfermedad grave.

Me senté con una de las doctoras a quien tuve que darle un detallado recuento de mi historia médica y sexual. Se me hiso un examen físico, un examen ginecológico, y un ultrasonido vaginal también. Este último fue interesante…una sonda, llamado transductor, cubierto con un condón y con un gel encima de este fue insertado en mi vagina. Pude ver en la pantalla imágenes de mis ovarios y útero mientras la doctora movía el transductor por todas partes.

La primera mirada a mis órganos internos fue fascinante, aunque un poco incómodo ya que movieron todo de su lugar para verificar la salud de cada uno de ellos. Me alivié y sentí, extrañamente, un poco de orgullo cuando la doctora anunció que tenía un útero hermoso.

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Una vez que el examen terminó, me vestí y me reuní con la doctora en una oficina. Ella me hablo de los efectos a corto y largo plazo que podían producirse en el proceso de donación. A corto plazo, el ciclo podría causar cambios de humor, aumento de peso, hinchazón abdominal, moretones en los lugares de inyecciones, dolores de cabeza y calambres. Básicamente, los síntomas de un ciclo menstrual muy intenso.

Sin embargo, en el peor escenario posible, podrían acumularse fluidos y los ovarios podrían torcer y cortar el flujo de sangre. Si esto ocurría, habría que recurrir necesariamente a una cirugía para removerlos. Era extremadamente poco probable, pero posible. Me hiso considerar seriamente sobre si quería o no seguir con el proceso, pero ya que esa doctora con la que estuve hablando nunca había visto un caso así en sus muchos años de trabajar en el centro deje mis preocupaciones de lado.

La asesoría genética fue rápida e involucraba hablar con un consejero sobre la historia médica de mi familia. Cubría todo desde la edad, peso, y altura de mis padres y abuelos hasta si tenían algún tipo de problemas médicos, o si mis hermanos habían o no tenido hijos.

La reunión con el sicólogo no fue tan intensa como pensé que lo sería. Era claro que su intención era asegurarse de que yo fuera capaz de soportar no solo el proceso de donación pero también la realidad de lo que estaba haciendo. Luego de eso, me reuní con una mujer de la administración quien me habló del aspecto legal de la donación de óvulos. Técnicamente, el dinero que recibiría después de la donación sería por mis esfuerzos y no por los óvulos ya que eso podría ser considerado como falta a la ética.Además, si la receptora cancelase el ciclo antes de la extracción, se me pagaría solo una parte de lo acordado. Sin embargo, si mi cuerpo no respondía a los medicamentos y yo no produjera óvulos maduros viables, no se me pagaría.

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Tendría que firmar una renuncia a derechos de paternidad y derechos a los óvulos. Nunca sabría la identidad de los receptores ni sabría si mi donación culminó de hecho en un nacimiento. Finalmente, me explicó que las leyes actuales impiden que los niños nacidos de donación de óvulos puedan contactarse con los donantes. Sin embargo, ella me preguntó sobre cómo me sentiría si las leyes cambiaran en el futuro. Si estaría dispuesta a ser contactada. Acepté los términos y condiciones y le dije que estaba absolutamente dispuesta a ser contactada si en el futuro se volvía posible.

El próximo paso era emparejarme con una receptora. Ellas reciben información sobre varias donantes, incluyendo sus historias médicas, altura, peso, tipo de cuerpo, tez, color de cabello y ojos, origen étnico, e incluso una descripción de la nariz, mentón, mejillas, boca, y tamaño de la mano. También incluye información de los intereses del donante, ya sea si práctica o no algún deporte o si toca un instrumento, y una foto de la donante cuando era bebé, si el donante acuerda entregar una.

Mi archivo estaba siendo juzgado. Mujeres los revisaban y decidían si querían o no usar mis óvulos para hacer un bebé con ellos. Era un poco surreal.

Una vez que me eligieron, se fijó una “fecha de inicio” y mi ciclo menstrual necesitaba ser sincronizado con el de la receptora. Le notifiqué al centro cuando tuve el primer día de mi periodo y comencé a tomar las pastillas de control de natalidad que ellos me entregaron. Al iniciar el ciclo me realizaron otro examen físico, muestras de sangre, y un ultrasonido vaginal, y firmé la renuncia a mis derechos. Una enfermera revisó todos los medicamentos que estría tomando durante las próximas dos semanas y me enseñó cómo inyectarlos.

Durante esas dos semanas mi rutina consistió en levantarme a las 6 de la mañana, ir en el metro hacia el centro para exámenes de sangre y, a menudo, un ultrasonido vaginal. Una enfermera me llamaría en la tarde con instrucciones de que medicamentos tomar y las dosis de las inyecciones para esa tarde.Exactamente a la misma hora todas las noches, me inyectaba en el estómago o muslo con dichos medicamentos para estimular el crecimiento de varios ovarios. Durante todo ese tiempo no podía tomar vitaminas ni suplementos, ni cualquier otro medicamento (excluyendo paracetamol, si fuese necesario), y no podía hacer ejercicio, tener sexo, o beber alcohol.

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Antes de la primera inyección me sentí nerviosa. Nunca había tenido miedo a las agujas pero, en la hora de la verdad, el hecho de pinchar yo misma mi cuerpo fue un poco intimidante. Preparé los medicamentos que iba a tomar esa noche y me paré en el baño, apretando un pedazo de mi muslo en una mano mientras sostenía la jeringa con la otra mientras esperaba que el reloj de mi teléfono diera las 9 pm, el momento en que debía inyectarme. Luego cerré mis ojos, contuve mi respiración, y enterré la aguja en mi piel… y sentí casi nada. Presioné hasta el fondo el embolo de la jeringa, sentí una sensación punzante, rápidamente saqué la aguja, y ya había terminado, por lo menos hasta la noche siguiente.

Durante esas dos primeras semanas de inyecciones, me sentí hinchada, la parte inferior de mi abdomen estaba dura y tenía cambios de humores y moretones en mi estómago y muslos por las inyecciones, pero no era algo que no podía manejar. De hecho, la peor parte fue hacer los viajes de una hora de duración hacia el centro cada mañana antes de ir a trabajar.

Cuando el ultrasonido y las muestras de sangre revelaron que mis óvulos estaban listos para la extracción, recibí el llamado final con las instrucciones de inyectar la dosis que desencadenaría el proceso (inyección conocida como “trigger shot”) la cual liberaría a los óvulos maduros de sus folículos. Esa inyección final me hizo querer celebrar, no habría más inyecciones nocturnas y los exámenes matutinos habían terminado también. A la mañana siguiente recibí instrucciones sobre el hospital en el cual debía presentarme en 48 horas y para darles detalles sobre quien me iría a buscar luego del procedimiento.

Antes del procedimiento, a la medianoche, no podía comer o tomar nada. Ingresé muy temprano en la mañana al hospital y me llevaron a la sala de espera del ala de Fertilización In Vitro (FIV). Me vestí con la bata, pantalones y calcetines del hospital que ellos me entregaron, y me pidieron que vaciara mi vejiga. Tomaron una muestra final de sangre para medir mis niveles hormonales, me pusieron una intravenosa, y me pidieron que esperara. Después de 30 minutos, me reubicaron en una habitación más pequeña y unos minutos después una enfermera me llevó a la sala de operaciones.

Doné mis óvulos para viajar por el mundo

Atravesé el umbral hacia una sala de operaciones donde el frío congelaba con nada más que una bata y calcetas de hospital. No había vuelta atrás. Sentí un poco de nervios al estar rodeada de desconocidos quienes pronto me harían el procedimiento. Una enfermera muy amigable y maternal me dijo que abriera la parte trasera de mi bata, me recostara sobre la mesa de operaciones con mi trasero ubicado sobre un agujero, con mis piernas en los estribos, y dejara mi brazo izquierdo –que tenía la intravenosa– en una tabla de extensión para que la anestesióloga pudiera tener acceso a mi vena.

Una enfermera me tapó con unas mantas térmicas, por lo cual ganó mi gratitud de forma instantánea. La anestesióloga se presentó y unos momentos después inyectó su fría dosis en mi brazo. Mi visión se volvió borrosa, la habitación dio vueltas, y mis párpados se volvieron demasiado pesados como para mantenerlos abiertos.

Desperté en la sala de esperas del sector de FIV con frio, y sintiéndome cansada y débil. Me dieron galletas, jugos, y una gran dosis de paracetamol para ayudar a calmar lo que se sentía como fuertes calambres menstruales. La amiga que iba a recogerme llegó y nos dieron instrucciones sobre que deberíamos esperar en las próximas 48 horas, y también nos dieron los números de emergencia. Unos 30 minutos después de que desperté, me fui del hospital caminando… lentamente pero sin asistencia.

Dormí las horas siguientes y me relajé por el resto del día y noche. Al día siguiente, volví a trabajar un poco adolorida y cansada, pero en general, bien.

El día después del procedimiento, una enfermera me llamó para saber cómo estaba y para agendar mi examen de seguimiento en unos días. Ese examen reveló que todo estaba normal y me dijeron que una vez que mi próximo periodo terminara podría volver a realizar actividades normales como hacer ejercicio, beber, y tener sexo. Luego, me entregaron el cheque. Me fui del centro pensando en el hecho de que en, aproximadamente, 40 semanas probablemente habría una nueva vida en el mundo, y que yo ayudé a que eso fuera posible.

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